24.7.17

Trotamundos: Río de Janeiro - Día 2

Nos levantamos y desayunamos en el departamento. Salimos hacía la Av. Princesa Isabel que hoy se encontraba mucho más activa luego del feriado de pascuas.
Estábamos relativamente cerca del Pan de Azúcar, lugar turístico al que nos dirigíamos así que decidimos tomar un colectivo para estar allí cuanto antes. Tomamos el colectivo de la línea 3 que nos dejaba en Botafogo. El conductor nos explicaba que no iba directamente hacia Urbe, barrio en el que se encuentra el acceso al Pan, pero que nos dejaba en la Av. Portugal y sólo teníamos que caminar unas cuadras en dirección Este para llegar. Y así lo hicimos, nos despedimos del conductor, por cierto muy amable, y caminamos por la Av. Portugal. El barrio, lleno de casas bajas, edificios militares y el Museo de Ciencias de la Tierra, se encontraba lleno de gente que corría o caminaba bajo el sol plácidamente.
Llegamos al Pan de Azúcar. Cerca de la entrada al lugar también se encuentra la Playa Vermelha, angosta, pero no por cierto menos bella que las demás. La vista de la playa, el mar y el Pan de Azúcar sumado al sol radiante que invadía el día daban una atmósfera muy positiva. Para ingresar al Pan uno debe pagar la entrada de 80 reales que incluye la recorrida en teleférico a los dos morros, Urca y el ya nombrado, más alto que el primero y que ofrece una de las mejores vistas panorámicas de la ciudad. A pesar de ser abril se encontraba bastante concurrido. A pesar de la gran cantidad de gente, la cola avanzó muy rápido. En un lapso de 40 minutos abonamos la entrada y subimos a uno de los teleféricos. Estos, muy modernos por cierto, iban y venían constantemente para no demorar el acceso a los morros. Todo está tan bien organizado y con herramientas de seguridad que solo queda disfrutar la vista y el paseo en la subida en teleférico.El mar azul y las diferentes playas de Copacabana ofrecían un espectáculo digno de apreciar. Hasta el Cristo se veía disminuido con tal espectáculo que desde esa distancia parecía un muñeco de adorno en comparación con el tamaño del paisaje.
Llegamos al primer morro. En él, varias tiendas de comida y ropa ofrecían recreo antes de subir al punto más alto. Nosotros antes de hacerlo comimos un Salgadho de Jamón y Queso. Luego de sacar unas fotos y apreciar las vistas continuamos el recorrido.
El segundo viaje en teleférico tardó aproximadamente unos 3 minutos. Si la vista en el primer morro era buena, esta sin dudas era sobresaliente. Además de los paisajes y otras tiendas más, la gente se agolpaba en un mural equipado con lapiceras en donde uno podía dejar un mensaje o su nombre. Millones de firmas, frases le daban al mural una impronta pintoresca. Nos sacamos algunas fotos y volvimos a bajar. Ya nuevamente en Urco decidimos seguir recorriendo el barrio, rodear el pan y seguir en dirección hacia el Bar de Urco, un lugar muy alabado por los cariocas locales. Para llegar al bar uno debe continuar hacia al Este por la Av. Portugal y desfilar por una costanera de aproximadamente 1.5 km. Este barrio tenía un aire mucho más popular que Copacabana. En la costanera podían apreciarse los barcos pesqueros y niños que se metían entre las rocas jugando, pescando o solamente pasando el rato. Otra cosa que se podía apreciar es la poca cantidad de negocios de la zona. Todo se notaba mucho más residencial y tranquilo. Antes de llegar, pasamos por la Playa de Urca y un par de bodegones estaban alborotados de gente tomando cerveza y almorzando.
Ya metros antes de llegar al bar se podían apreciar una gran cantidad de personas conversando, comiendo y bebiendo a lo largo de la costanera . El tamaño de este era minúsculo pero debidamente atendido. La gente se atestaba frente al mostrador e iba realizando pedidos por orden de llegada. Nosotros pedimos una porción de pescado frito con salsa tártara y una cerveza. A diferencia de lo que ocurre en el resto de Rio de Janeiro que se encuentra plagada de turistas, este lugar sólo parece ser concurrido por los cariocas. La atención personalizada de los empleados del bar le daban cierta impronta popular y con notada personalidad. Ese espacio permanecía fiel en el imaginario popular del brasilero local.
Comimos y bebimos y luego nos dirigimos en colectivo hacia Ipanema. Bajamos hacia la playa que se encontraba con bastante gente pero no era algo intolerable. Nos depositamos allí. Los vendedores ambulantes pasaban una y otra vez ofreciendo sus variados servicios. El mar estaba bastante tumultuoso con olas que superaban los 2 metros (Lo supe por experiencia propia ya que varias de ellas me hicieron tambalear por varios minutos). En esta época del año Río oscurece alrededor de las 5 y media. Decidimos dejar la playa y recorrer el barrio para luego terminar en Leblón, ambos separados únicamente por el canal Jardim de Alah.
Tanto Ipanema como Leblón, se muestran más glamorosos que Copacabana. Tiendas exclusivas de ropa y restaurantes modernos le impregan al área un aire mucho más refinado y elegante que al resto de la ciudad. Lo curioso de todo esto es que a pocos kilómetros de Leblón se encuentran los barrios de Rocinha y Vidigal, dos de los lugares más carenciados de la ciudad. En el caso de Vidigal, al estar encima del Morro se la puede observar desde ambos balnearios. El morro de noche, iluminado por las casas de la favela marcan la exclusión que tienen las personas de allí en comparación con los barrios más exclusivos de la ciudad. En Río, ser rico o ser pobre está definido por 15 minutos en auto.
En este último tiempo, producto de mi compañera de viaje, me hice bastante aficionado al running. Como vivir Río de Janeiro es una ocasión especial se nos ocurrió correr unas cuadras por la costanera de Copa Cabana, Ipanema y Leblón, una distancia de aproximadamente unos 9 km, es decir, 1 hora de trote ligero.
Nos calzamos las zapatillas y producto del cansancio corrimos sólo 7. Nos quedamos a unas pocas cuadras de finalizar el trayecto de Leblón pero como ya era de noche decidimos volver hacia el apartamento. Antes de hacerlo pasamos por un supermercado para comprar algunas cosas pero, curiosamente, el mismo contaba con un entrepiso donde se servían pizzas. Como estábamos hambrientos y cansados decidimos comer allí. Pedimos unas pizzas que, a diferencia de las porteñas, estas suelen ser más finas y con menos queso.
Cenamos tranquilamente y emprendimos el retorno. Tomamos el metro (a estas alturas ya conocen mi afición por los subterráneos). El de Río se encuentra mucho más nuevo y moderno que del Sao Paulo y además, por ser semana santa, el boleto era gratis en algunas estaciones de nombres religiosos. En tan sólo 20 minutos estábamos nuevamente en Copacabana. Volvimos al apartamento. Cerramos los ojos con el corazón puesto en El corcovado y su Cristo Redentor.





3.7.17

Trotamundos: Viaje y Río de Janeiro - Día 1

Nos levantamos muy temprano ya con las valijas hechas desde la noche anterior para dirigirnos a la Rodoviaria Tieté, lugar desde donde salía el micro hacia Rio de Janeiro. Como el día anterior nos había dado buenos resultados decidimos tomarnos el Metro hacia la estación de Omnibus. En tan solo media hora estábamos allí. Centenares de personas parecían aprovechar el fin de semana largo de semana santa. São Paulo tiene una población urbana de aproximadamente 16 millones de personas y la Rodoviaria era utilizada como punto de salida para muchos turistas que salían a diferentes puntos del país.
Nos dirigimos al micro. Los asientos e instalaciones del mismo se encontraban en un excelente estado. Al igual que el servicio de traslado al aeropuerto, también contaba con Wifi aunque su funcionamiento era bastante interminente. Minutos antes de salir el chofer se presentó y le recordó a todos los pasajeros las normas de seguridad básicas. Una práctica sin dudas para ser incorporada en los servicios de Argentina. Emprendimos rumbo a Río. A las 2 horas del trayecto frenamos en una parada de autobuses. Como era cerca al mediodía y mucha gente se dirigía al salón comedor del lugar decidimos seguir la corriente. El sistema, que nos tomó un tiempo aprenderlo, consistía en la entrega de una tarjeta con código de barras en la que uno se servía o compraba productos y luego al final pagaba el total en las cajas.
Mi plato contenía una buena porción de arroz brasilero, pollo y una abundante ensalada. Nos relajamos tanto que empezamos a notar que de las caras conocidas de los pasajeros que viajaban con nosotros no quedaba ninguna. Como no entendimos el tiempo que indicó el chofer que teníamos nos apuramos por tomar lo que no habíamos consumido (al punto de que envolví una porción de pollo en la servilleta) y volvimos cerca del micro. La idea de quedarnos varados en ese lugar sin nuestras cosas, debo decir un tanto infantil pero no distante, era más fuerte que cualquier necesidad de comodidad.
Luego de 4 horas de viaje llegamos a la Rodoviaria Novo Río ubicada en el barrio de Santo Cristo. Como ese lugar era presentado como de los más inseguros de la ciudad, investigamos previamente cuales colectivos de línea nos dejaban en Copacabana, barrio en el cuál nos íbamos a hospedar. La estación, un tanto más sobria y pequeña que Tieté tenía algunas tiendas y la clásica estación de ayuda al turista pero al igual que muchas de ellas, las personas que atendían la misma no presentaban una total predisposición y proactividad. A duras penas y no despegando su mirada del celular llegaron a comentarnos que las líneas investigadas no existían más pero que uno de los buses paraba a dos cuadras de la estación. Antes de salir decenas de taxistas, tanto afuera como dentro de la terminal, se disputaban como perros hambrientos cualquier oportunidad de atraer a los turistas recién llegados como si su vida dependiese de ello.
Al salir a la calle, con cierto estupor por la desorientación, divisamos un bus con la inscripción Copacabana. Sin perder el tiempo aprovechamos la ocasión y aunque abonamos la módica suma de 30 reales (casi el triple de lo que costaban los boletos de los buses de línea) preferenciamos la comodidad. El recorrido del bus nos paseó por la zona del puerto, el centro, el aeropuerto Santos Dumont, Flamengo, Botafogo y finalmente nuestro destino, Copacabana. La ciudad se encontraba desierta, particularmente la Av. Gertulio Vargas que llamó mi atención por su gran extensión en lo ancho. Pocas almas se mostraban en una ciudad conocida como una de las más importantes de todo el Brasil. En una primera instancia se lo atribuí al feriado para luego unos días después confirmar lo que dudaba en ese momento.
Ya en nuestro departamento nos recibió Ignacio. Nos mostró las instalaciones y nos deseó buena estadía en la ciudad. Este en comparación del de Sao Paulo era mucho más grande pero con menos detalles de hotelería. Luego de dejar las cosas tomamos un baño y nos dirigimos a recorrer la ciudad. El día no nos ayudaba mucho: Ventoso y nublado. Sin embargo la vereda negra y blanca característica de Copa Cabana nos hacían caer a cuenta del lugar por donde estábamos caminando. Rápidamente nos dimos cuenta que Rio de Janeiro era un lugar donde a los argentinos le sienta bien. Muchas parejas y familias argentinas paseaban por el lugar, curioseaban los puestos de playa y comentaban las maravillas de la ciudad brasilera. Otra cosa notable era como se vivía el deporte. Si los cariocas no están jugando al fútbol playa, juegan a los jueguitos y que la pelota no caiga al piso (y con gran destreza, tanto que con ellos descubrí distintas partes del pie para golpear la pelota) y si no están jugando con los pies lo están haciendo con las manos al voley, y para ello, no importaba ni edad ni estado de forma: todos parecen disfrutar el deporte.
Otra cosa de Copacabana que nos llamó la atención era  su conformación geográfica. Uno al pensar en un barrio piensa en varias cuadras, calles y avenidas sin embargo en este caso no se extiende a más de 5 cuadras de profundidad y 20 de largo.
Luego de caminar y recorrer un poco decidimos volver al hotel para bañarnos y salir a cenar. Sí Río se mostraba espléndida de día y nublada, de noche la atmósfera era aún mejor.
Pero más allá de la mirada turística, la realidad de la ciudad también tiene su lado oscuro. Las avenidas interiores de Río no ocultaban decenas de gente en la calle. La mayoría de las plazas en toda la ciudad presentaban no menos de 10 hombres y/o mujeres viviendo allí y parecía tan estructural que la mayoría de las personas en condiciones de calle no mostraban siquiera una actitud de pedir dinero, al contrario, parecían resignados como si la cosa no fuera a cambiar, ni siquiera por las pocas o muchas monedas que obtuvieran de la caridad.
Caminamos buscando un lugar para cenar que no estuviera muy alejado del hotel y después de dar muchas vueltas cenamos en Devassi. Pedimos dos platos pero lo cierto es que no teníamos tanto hambre por lo que decidimos llevar las sobras. Ni bien pusimos un pie en la calle dos jóvenes nos hicieron ademanes para saber si se las dábamos, entendimos en el acto y se las dimos sin más.
Seguimos caminando por la Av. Atlántica hasta que nos topamos con una heladería. Contrario a lo que uno puede pensar, éstas no son muy comunes como ocurre en Argentina sino que son vistas como algo exótico. El carioca consume mas jugo y fruta que productos cremosos. Era nuestro primer día en la ciudad y decidimos darnos el gusto.
Luego de una hora emprendimos el retorno para el departamento. Nos acostamos y nos dormimos profundamente.

19.5.17

Trotamundos: São Paulo - Día 2



La aventura se reiniciaba en la capital pualista. Nos levantamos bien temprano, y si bien el día seguía nublado, decidimos empezar bien temprano la mañana y adentrarnos por las calles y los barrios de la imponente metropolí.
La primera parada obligada fue, como si fuera una obviedad, un lugar para desayunar. El lugar elegido fue "la casa do Pão de Queijo" una cadena muy tradicional de brasil. Si bien nuestro portugués era deficiente lo cierto es que el paulista en general es bastante predispuesto a entenderse con la gente que no habla portugués. En todas las situaciones de intercambio idiomático la sonrisa provocada un poco por la vergüenza, servía también de un ademán de cortesía que descomprimía la situación. Ordené un "pao de queijo especial" y cuando lo mordí noté que al bocado tradicional brasilero le habían agregado una porción de queso fundido frío dentro, lo que le daba una textura y sabor exquisito entremezclando lo frío y lo caliente en un mismo mordisco.
Con las energías recargadas comenzamos a caminar hacia la Praça de Sé, lugar donde se encontraba la Catedral Metropolitana de Sao Paulo. A medida que nos alejábamos de la Av. Paulista, los rascacielos y edificios bien cuidados se entremezclaban con estructuras pintadas con aerosol un poco más descuidadas que los barrios más céntricos. Luego de unos 30 minutos de caminata, llegamos a la Plaza ubicada en pleno centro de la ciudad. Por ser viernes santo el lugar se encontraba muy concurrido.  Los policías, equipados con bicicletas, custodiaban la plaza celosamente. Uno acompañaba a un señor de edad y le indicaba que circule. El señor se negaba y quería convencerlo de otra cosa pero el policía persistió y lo subió a la vereda, un poco por convencimiento pero otro por impotencia. Al ver esta situación llegué a la reflexión de que es muy curioso ver las conversaciones en otro idioma. Uno intenta leer lo que se dice a través de los gestos y así llegar al meollo de la situación. Muchas veces, y este era el caso, uno no logra comprender cabalmente lo que pasa.
La Praça estaba adornada por palmeras, todas posicionadas en fila, decorando la entrada a la Catedral. En el frente, la estatua del propio San Pablo miraba al cielo y marcaba una imponente e impresionante presencia en el lugar. La catedral, de estilo gótico, lucía imponente tanto en el exterior como en el interior. El obispo de Sao Paulo auspiciaba la misa observado por cientos de fieles que se encontraban arrodillados y con los ojos cerrados mostrando una profunda conexión con lo divino. Algunos hasta parecían desoir al obispo, como si su vínculo divino solo rindiera cuentas a su creador.
Luego de allí caminamos hacia el mercado municipal, lugar donde se vendían frutas de todos colores y sabores. Antes de llegar notamos que la zona era una gran paseo comercial de gran concentración de tiendas para celular, telas y ropa similar al once porteño. Vendedores ambulantes gritaban todo el tiempo tratando de atraer a sus compradores. El gran hormiguero complejizaba su circulación por las calles y diagonales serpenteantes de la zona.
Llegamos al mercado y un sinfín de puestos de fruta y comida ofrecían gran variedad de productos y platos. Uvas enormes y puntiagudas, frutos de colores fuxias y frutillas rojas como la sangre eran ofrecidas a los compradores en una estrategia comercial bastante agresiva. Producto de la buena voluntad de un vendedor que nos dio de probar varios frutos decidimos concretar la compra pero el vendedor había agregado tantos frutos que la  cuenta dio la módica suma de 115 reales, aproximadamente 10 almuerzos del viaje. Un poco por vergüenza y otro por incapacidad decidimos avanzar con la compra. Horas después cambiamos ese sinsabor con las frutas que tan caras nos habían salido. A pesar de todo estaban deliciosas.
Salimos del mercado y nos dirigimos hacia el Teatro Municipal. Antes de llegar allí caminamos por el centro financiero. De calles peatonales y edificios altos la comparación con Wall Street era casi obvia. Pasamos por el Pátio do Colegio y el Monasterio de São Bento, dos edificaciones de estilo portugés y de las más antiguas de la ciudad
El teatro se encontraba también en el barrio de Santa Ifigenia, zona fuertemente comercial. De una arquitectura majestuosa, parecía un diamante rodeado en un pantano ya que la zona se apreciaba sucia y muy descuidada. El teatro, que lamentablemente había sufrido pintadas de aerosol, estaba rodeado de un parque inferior con una la escalinata que ayudaba a bajar al mismo. Esta a su vez. tenía en su parte superior una estatua de un personaje célebre que le daba la espalda al lugar desde donde la veíamos. Cuando decidimos ir a ver quién era nos vimos disuadidos por un hombre que se encontraba orinando plácidamente a sus pies.
Como la torre de Banespa, principal mirador de la ciudad, ya se encontraba cerrado nos dirigimos hacia el edificio Italia, otro gran punto de atracción de la ciudad. De características similares al Flatiron de Nueva York, la torre tiene un total de 41 pisos de oficinas y un restaurante en el último. Subimos y decidimos pagar los 30 reales que daban acceso al mirador. Debo decir que fueron bien invertidos. Los edificios de la ciudad, ya de noche, decoraban con sus luces una majestuosa vista. Contemplamos el espectáculo unos minutos y nos fuimos mientras en el restaurante se realizaba una fiesta de casamiento. Ya era de noche y para volver decidimos tomar el Metro.
Comparándolo con el de Buenos Aires, debo decir que el de São Pulo tiene más líneas y cubre mayores distancias. La línea amarilla hasta ostentaba la frecuencia de 2 minutos por tren, algo impensado al menos por el momento en nuestra joven línea H. En tan solo media hora estábamos nuevamente en la Av. Paulista.
Nos tomamos unos minutos más para caminar por allí. Era nuestra última noche antes de embarcarnos para Río de Janeiro. La estadía había sido breve pero intensa ya que por un lado la ciudad escondía muchas maravillas desconocidas y por el otro me permitía conectarme con mi lugar de origen que hasta ese momento se encontraba un poco apagado dentro de historia.
Esta ciudad gigante de Brasil, tan poco visitada por los turistas argentinos, me había cautivado el corazón. Tierra para volver otra vez.

15.5.17

Trotamundos: São Paulo - Día 1

Esta vez el Trotamundos eligió como destino la ciudad donde nací. Como dato curioso, dejé la metrópoli brasileña con tan solo 6 meses de edad y nunca volví. Mis padres son argentinos, viví un tiempo en Asunción y luego desde los 4 años que vivo en Buenos Aires. Mi amor por la ciudad donde estuve la mayor parte de mi vida es casi "un matrimonio perfecto". A diferencia del resto de los porteños que quieren escapar de allí, me encuentro muy a gusto explorando los rincones y barrios de la ciudad.
São Paulo, por otra parte, representa para mí un lugar desconocido, atrayente. Si Buenos Aires es "la Paris" de Sudamérica, la ciudad brasileña, por tamaño e influencia, también puede nombrarse como "La Nueva York" de estas latitudes.
Esta ciudad colosal suele ser ignorada por los argentinos que la visitan. Poca gente se ha quedado a descubrir la ciudad. Solamente es usada como paso intermedio para otros puntos de Brasil.

¿Cómo puede una ciudad de 12 millones de habitantes no tener nada interesante para ver?

Llegué al aeropuerto de Guarulhos alrededor de las 14.30 hs. El servicio de Airport Bus Service fue el que me llevó a la Av. Paulista, punto cercano donde se encontraba mi hotel. Como curiosidad, y a diferencia de los servicios de corta distancia que se brindan en Argentina, este poseía WIFI y baño. Desde Guarulhos, el autobús pasó por la Rodoviaria Tiete, estación de buses de importancia en la ciudad, la Pinacoteca, la estación de tren Luz y la Plaza de la República entre otros puntos.
Llegué a la Paulista con la lluvia. A pesar de la llovizna el panorama no defraudó. Los rascacielos y negocios de la zona ofrecían un paisaje imponente en el microcentro de la actividad económica de Sao Paulo.
Caminé unas 10 cuadras (Si pueden definirse así ya que en algunos puntos las calles ofrecían un trazo serpenteante) hasta llegar al departamento donde iba a dormir. Lo más difícil de estar en una ciudad extranjera es cuando uno no sabe hablar el idioma local. A diferencia de lo que uno puede pensar del portugués (no se resuelve todo poniendo el sufijo "Inho"), si el hablante tiene un acento cerrado y rápido el diálogo se hace difícil de establecer. Esto me ocurrió en el edificio cuando al preguntarle al personal de seguridad los dos nos dimos cuenta que no nos habíamos entendido para nada. Al punto de que me fui a otro piso por vergüenza a repreguntar.
Ya en el departamento, dejé las cosas, me di una ducha y volví a salir hacia la ciudad. Esta vez hacia rumbo desconocido. Lo que buscaba era perderme tratando de encontrar rincones de interés. Ya de noche, volví a encarar hacia la Paulista en dirección oeste. Los rascacielos iluminados volvían a impactarme enormemente.
Mi primer punto era pararme frente al lugar exacto donde nací. Giré en la calle Frai Caneca que fue el lugar donde se encontraba la Maternidad del mismo nombre que la calle. A pesar de que esta fue demolida en 2003 me ubiqué en el punto donde estaba la entrada y contemplé la atmósfera del ambiente. Parece irrisorio pero la mayoría de las personas pasan por el lugar exacto donde nacieron muchas veces hasta perder el asombro y tomarlo con total naturalidad. En mi caso era todo lo contrario. Me encontraba en una ciudad que no conocía, con un idioma que no fue mi lengua materna, y sin embargo estaba ahí, parado en el lugar de mi origen 30 años después. Me quedé pensando unos minutos y luego entré a un café y me senté a tomar algo. Dos personas de traje conversaban, de lo que sospechaba, una conversación sobre cosas de trabajo. Otro hombre, sólo, leía y se concentraba únicamente en eso. Y yo, me dedicaba a observarlo y escucharlo todo, desempeñándome como un auténtico Flanëur en todo su esplendor.
Volví a salir a la Paulista, Al llegar al final de la avenida tomé camino hacia el sur hacia el barrio Jardims. Dicho barrio alberga una gran cantidad de bares, peluquerías y restaurantes, en su mayoría con ciertos aires histriónicos. Algunos de los lugares, con dos pisos servían de peluquería, cafetería, drugstore y lugar de trabajo, todo en un sólo edificio. Caminé alrededor de 1 hora hacia el sur hasta que me topé, sin querer queriendo, con la Rua Argentina que fue la que me hizo desembocar en la famosa Av. Brasil. Dos calles parecían representar lo que era yo en ese momento, un argentino nacido en Brasil o bien un brasilero que vivió la mayor parte de su vida en Argentina. Ambas ciudades confluyendo para brindar su aporte hacia todo mi ser: Sao Paulo - Buenos Aires, Buenos Aires - Sao Paulo.

Luego de un tiempo me di cuenta que me había alejado bastante del departamento y Viviana, mi novia y compañera de viaje, llegaría a la ciudad en tan sólo una hora. Volví nuevamente al apartamento hasta que ella me avisó que estaba viniendo en el autobús. Fui a esperarla pero cuando llegué ella ya estaba en la parada. Caminamos unas cuadras hasta que entramos en un McDonalds a cenar (dada la hora no abundaban opciones). Mientras cenábamos nos contábamos como se había desarollado nuestro día. Terminamos de comer y volvimos al apartamento. Era momento de dormir y recuperar energías para lo que se venía que se presentaba igual o más intenso de lo que ya habíamos vivido.  

12.4.17

Trotamundos: Volver a despertar

Y así, el gigante dormido abria sus ojos nuevamente. Estaba hambriento y sus miembros, aletargados volvían lentamente a la vida.
El gigante se vuelve a levantar y con él, su ambición de conocer lo desconocido, de saborear cada detalle, cada rincón, cada conversación.
Bemvindo! a gente se ve por aqui!


24.12.16

Panquetzaliztli y el nacimiento de Huitzilopochtli

Que tal queridos lectores. Cercana la nochebuena les traigo, como me apetece hacerlo, una historia similar relacionada en algún punto con la navidad.
Hoy nos centraremos en la historia de Huitzilopochtli, dios solar de la guerra y el Panquetzalitztli, mes azteca dedicado al dios de 20 días de duración, coincidente entre el 30 de noviembre al 19 de diciembre y del 29 de noviembre al 18 de diciembre en años bisiestos del calendario gregoriano actual.

Huitzilopochtli o "Colibrí Izquierdo"

Huitzilopochtli es hijo de Coatlicue, diosa de la fertilidad, patrona de la vida y de la muerte. Se lo conoce como el Guerrero Celeste, representado por el águila en el jeroglífico de México - Tenochtitlán y en el escudo nacional de ese país.
Un día, Coatlicue barriendo se encontró una pelotilla de plumas que puso en su seno, quedando así embarazada. Coyolxauhqui, hermana del dios engendrado y diosa de la Luna, indignada por el hecho logró convencer al resto de sus hermanos de que había que matar a su madre pero, dentro de su vientre, Huitzilopochtli le habló a su madre para que no temiera. Coyolxauhqui junto a sus otros hermanos, los Centzonhuitznahua, las cuatrocientas estrellas sureñas, avanzaron contra su madre pero en el momento en que llegaron nació el dios completamente armado con una vara y un dardo color azul; su rostro pintado; una pluma pegada en la cabeza y una culebra hecha de teas con la que venció a sus adversarios, dejando a Coyolxauhqui sin cabeza.

La Fiesta del Panquetzalitzli

El Panquetzaliztli que duraba los veinte días del decimoquinto mes del calendario azteca. La mayoría de los estudiosos de la cultura mexica están de acuerdo en identificar a Huitzilopochtli con el sol e interpretan la fiesta de Panquetzaliztli como representación del nacimiento del astro. Se define en su oposición a Etzalcualiztli, fiesta del solsticio de verano en el norte: si la primera representaba una gran celebración para la llegada de la estación de las lluvias que involucraba a todo el clero dedicado al culto de Tláloc, dios de la Lluvia y el Trueno. la segunda se tenía en plena estación seca y veía la participación de todos los sacerdotes consagrados a Huitzilopochtli. La
ubicación de la plataforma del templo dedicada a Tláloc en la parte norte del Templo Mayor de Tenochtitlan y de la de Huiztilopochtli en la parte sur, confirma aún más esta idea.  
La ceremonia incluía la elaboración de una figura de maíz tostado amasada con miel de maguey que preparaban las muchachas casaderas que se ponían sus mejores plumas y guirnaldas. Cuando la preparación terminaba, la sacaban al patio del templo y la recibían los jóvenes mancebos que también traían guirnaldas de maíz; se la presentaban al pueblo de Tenochtitlan y la subían a la pirámide del Templo Mayor. Allí los aztecas se arrodillaban y comían un poco de tierra. 
Durante el periodo mencionado, solo se comía un pan de amaranto sin tomar agua como parte del ayuno. La ceremonia terminaba desde lo alto del templo de Huitzilopochtli con la figura de Huitzilopochtli y se dirigían corriendo al juego de pelota llamado Tlachco (Eje central), de ahí corrían hacia Tlaltelolco llegando ahí corrian por el camino llamado Nonohualco llegar hasta los territorios de la ciudad de Tlahcopan a un lugar llamado Tlaxotlan.
Después iban al barrio llamado Popotlan, de allí hasta Chapultepec pasando por un río que corría allí llamado Izquitlan, pasando por Mixcoac y seguir hasta Coyohuacan a un lugar que se llama Tepetocan, de allí salían hasta Mazatlán un barrio de Iztacalco para finalmente llegar a un pueblo llamado Acachinanco.
Llegando a ese lugar comenzaba el regreso hasta el Huelli Tecalli, Templo Mayor de Huitzilopochtli pero en esta última corrida la gente no los dejaba pasar, les impedían el paso mientras que ellos debían hacer esfuerzos para pasar, llegando muy cansados a lo alto del templo, los papeles de sus atuendos los ofrendaban en una figura llamada Cuauhxicalco en el Templo Mayor donde se quemaban.
Al último día se repartía entre las personas una bebida de color azul llamada Matlalohtli que significa “Camino azul”.
Con esta fiesta se marcaba el triunfo de Huitzipopochtli y el sol volvía a reinar en el cielo. 

Hasta aquí toda la información. Espero que hayan disfrutado de la recopilación.

¡Feliz navidad para todos y que las deidades solares en las que crean les traigan la energía para lo que viene!

Fuentes:

Panquetzaliztli: El nacimiento de Huitzilopochtli y la caída de Tezcatlipoca
Gabriel Kenrick Kruell

Así era la navidad azteca

Revista Chilango

Huitzilopochtli
www.mexicodesconocido.com.mx

www.azcatl-tezozomoc.com

18.12.16

El tiempo líquido

La vida se define por momentos. Uno cuando es pequeño piensa que su vida es eterna, ilimitada y que lo mejor está siempre por venir. Por neurosis personal siempre estoy pensando en lo que va a venir. Esta racionalización propia de la sociedad de tiempo productivo que estamos atravesando ha coptado todos los momentos que tienen que estar estrictamente programados y deben tener un sentido. Nuestra vida se ha convertido, a menos a nivel general, en una programación de momentos:

Ir al Gym: 4 veces por semana
Cena con novia: 2 veces por semana
Cena con amigos: 1 vez por semana (Generalmente viernes)
Ir al teatro y/o cine: 1 vez por semana
Ir al parque: 1 vez por semana

Y esos momentos, como se pueden apreciar, ya no son atribuidos a obligaciones laborales como era en otro momento. En otras épocas, el trabajo se llevaba gran parte de las 168 hs. semanales y luego era todo tiempo libre. Hoy esa mecanización, cuasi industrial, del tiempo se ha esparcido por nuestra vida no laboral, programándolo y subyugándolo a veces casi a una tarea más.
Varias veces me he preguntado a mi mismo "¿Por que sigo haciendo esto si sencillamente no tengo ganas?" La respuesta es simple: Porque los tiempos actuales nos dictan subliminal mente que algo tenemos que hacer. En general se ha perdido la espontaneidad. El hacer solo por el hacer les es reservado a los que por estructura mental son así o se lo han preguntado y cuestionado.

Esta forma de vivir, en un principio fue pensada como un modo de llegar a la felicidad. La mayor oferta para un tiempo libre ha crecido exponencialmente gracias a la sociedad de consumo y el avance de las redes sociales y la oferta tecnológica que nos conecta y nos ofrece mayor información en una parte, pero nos llena de información y nos agobia por otra.

En la época de nuestros padres (Tengo 29 años), ni que hablar en la de nuestros abuelos, las actividades disponibles eran menos. Pasar tiempo con la familia o algún hobby como leer o pintar y obligaciones como lavar el auto o hacer arreglos para la casa eran la oferta imperante en aquellos tiempos. No había que pensar tanto para transitar nuestro tiempo libre. (Fíjense como el pensar para nuestro tiempo libre puede ser fácilmente una contradicción).

Si en otro tiempo las neurosis, producida por los deberes y obligaciones familiares, ocupaban la preponderancia para los cuadros psicológicos, hoy ganan terreno los trastornos ansiosos producidos por la liquidez del tiempo.

Pero para todo mal hay un remedio. La reflexión y la toma de acciones para nuestra propia vida son el único modo de "escapar" de este mal que nos aqueja y que ha venido para quedarse.
Desde el hombre primitivo que trabajaba para su supervivencia todos los días hasta el hombre de las ciudades hipermoderno que, sacando excepciones entrópicas propia del sistema que amerita otro posteo distinto, nuestras necesidades básicas están maso menos resueltas.

En mi caso particular las obligaciones (principalmente laborales) no resueltas son casi percibidas como una amenaza. La cultura corporativa nos llena de obligaciones, plazos y tiempos que deben ser cumplidos. Detengámonos por un segundo y vamos a notar que el incumplimiento de esas obligaciones, salvo una situación desagradable recibida por nuestro jefe por dicho incumplimiento, no va a tener mayores inconvenientes, ni para nosotros ni para otros (Salvo que sea médico o trabaje directamente con la vida humana, en ese caso desestima el comentario). Nos hemos creado un mundo simbólico de obligaciones y deberes impuestos y nos hemos olvidado que somos los creadores de nuestra propia felicidad.
Detenerme a contemplar el cielo desde mi habitación en el octavo piso o salir a caminar y perderme por calles y detalles que nunca percibí, aun en el barrio que vivo hace 24 años, han sido mi forma de escapar a la productividad. Llegar a la conclusión de que, aunque no entregue ese informe o no prepare esos detalles a tiempo, todo estará bien es la única forma que tenemos de ser verdaderamente felices. Eso sumado a que elija verdaderamente lo que quiero hacer, pero sobre todo, lo que quiero ser, aún más profundo y delicado.

El tiempo es líquido, hay que elegir sabiamente lo que hacemos con él.

"Dios creó el tiempo, pero el hombre creó la prisa."
Proverbio irlandés